El pianista no había raptado ni llevado a nadie por la fuerza a la sala de conciertos que había mandado a construir. Utilizó sólo el poder de la convicción. Aunque tenía algunos trucos. En primer lugar, esa muchacha de cabello castaño parecía ingenua, el hombre escogía a su presa. Y en segundo término, sabía cómo hablar a una persona, aún sin mentir a nadie; una joven como era Lyla (no tardó en conocer su nombre) no se resistiría a ir a una sala de conciertos para escuchar un fabuloso concierto para piano, excepcionalmente con cuatro movimientos.
El anfiteatro estaba completamente a oscuras. Sólo una vela iluminaba el caminar de las dos personas. La cúpula era imponente, enorme, y tenía una acústica casi perfecta. La forma en que habían sido tallados los bloques de granito absorbía todo el sonido, evitando así demasiados ecos, mientras que las paredes hacían rebotar las ondas sonoras, llevándolas hasta el techo produciendo de ese modo una leve sensación de resonancia, pero que no resultaba excesiva. El escenario era inmenso. En él sólo había un piano de cola.
El hombre invitó a la mujer a sentarse en un banco en frente del piano. Él se preparó para tocar. Desde que pulsó la primera nota, la joven cambió su feliz semblante por uno un poco más preocupado. La introducción no le caía muy bien; primer objetivo cumplido pensó el hombre. Esa sensación continuó mientras duró el premovimiento. Hasta las llamas de las cinco velas que los rodeaban parecían haber decaído en calor y luminosidad. Pero con el primer movimiento todo cambió.
Esta parte comenzaba con unos acordes que estallaban en medio de un mar de silencio introducido por el premovimiento. Y junto con esta primera armonía explotaron también las velas: cientos de llamas flotaban por todo el lugar, iluminando aún más. La escena era imponente. El humo que se elevaba cambiaba en formas increíbles, maravillosas, y los ojos pardos de Lyla se perdían en estas figuras. Sus cabellos flameaban lentamente como los de una sirena debajo del agua. Las primeras lágrimas comenzaban a caer de debajo de sus párpados. Segundo objetivo cumplido.
El primer entremovimiento no tuvo efectos impresionantes, mas sí el segundo movimiento. Las llamas comenzaron una danza increíblemente acorde con la música, finalizando en lentos y tristes remolinos que rodeaban a las dos personas. Lyla dejó de llorar, sus ojos desorbitados expresaban una locura impresionante. Tercer objetivo logrado, esta vez el hombre no se resistió y lo dijo en voz alta.
Un segundo entremovimiento agregó una cuota de tristeza absoluta a la obra. Y el tercer movimiento cambiaba completamente. Este cambio de emociones tan repentino pretendía shockear a la víctima. Lentamente, pareciendo de forma tímida, Lyla comenzó a levitar. Y bailaba con las pequeñas llamas y las chocaba moviendo los brazos y las piernas delicadamente; estaba quemándose viva, por partes. Y entonces, sin cambiar de movimiento, la tensión llegó, y el baile se hizo más alocado y delirante; las llagas producidas por el fuego eran cada vez más grandes en el cuerpo de la mujer.
Apenas finalizado el segundo movimiento, la muchacha descendió suavemente y quedó tendida en el suelo, con los ojos clavados en la cúpula. Y ahora, la agonía. El último entremovimiento era inmensamente triste, aunque tenía algunos rasgos de grandeza absoluta, robados del primer movimiento. Cuando sonaron las primeras notas de este segmento del concierto, la sangre comenzó a fluir de los ojos, la nariz, la boca y los oídos de Lyla. El líquido rojo, tibio, cubrió la totalidad del escenario. El remolino de partículas incandescentes comenzó a estrecharse, hasta terminar a pocos centímetros del pianista y del instrumento mismo.
Un cuarto movimiento, impropio para cualquier concierto, comenzó a sonar. Ahora la magia actuaría sobre el hombre, quien tocaría hasta que le sangren los dedos, y desangrado moriría…
J. C. Mariotti